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Gastó casi todos sus ahorros en el viaje y finalmente llegó a donde
debía llegar, el enérgico palpitar de su corazón le aseguraba que ese
era el sitio indicado.
La vieja ciudad escondida en medio del desierto, protegida del paso del
tiempo y del progreso monopolizador, se manifestaba misteriosa, mágica,
adornada con coloridos tapices oreándose en las ventanas, mujeres de
rostro cubierto coronaban el sitio de encanto, mientras pacientes
ancianos de piel curtida se sentaban en las veredas a disfrutar de la
tarde como símbolos vivos del cierre de un ciclo y el principio de otro,
el de los bulliciosos niños que correteaban felices por los largos y
angostos pasillos que se abrían paso entre las humildes viviendas.
Recorrió sus calles sin descanso, el sol ardía en lo alto del cielo más
claro que jamás había visto, sabía que ese era el escenario en el que se
encontraría con su destino, sus oídos se llenaban de las voces de los
habitantes del lugar, las palabras le sonaban familiares aunque hablaban
en un lenguaje extraño, estaba casi convencido de que se hallaba en un
sueño que se repetía a menudo, la ciudad le era desconocida pero no le
era ajena, guardaba algún tipo de familiaridad con él, como si en alguna
vida paralela hubiera vivido allí, pero era la primera vez que sus pies
pisaban esas arenas.
Así continuaba su búsqueda, un poco soñando otro poco despierto, aunque
no podía averiguar aún cuál era su objetivo, se sentía muy cerca de
ello, toda su vida parecía no tener más sentido que el simple hecho de
haber llegado a este lugar para dar al encuentro de aquello que
necesitaba para aquietar su corazón.
Las miradas transparentes y profundas de los humildes habitantes de la
ciudad parecían darle signos inciertos, mensajes que solo su alma
descifraba, con mirarlos a los ojos por un momento compartían vivencias,
sensaciones, sentimientos, secretos.
El dorado y resplandeciente sol, similar a una enorme moneda de oro, se
ocultaba en el horizonte mientras él seguía buscando, la noche tomaba el
control de la ciudad que se veía totalmente transformada por la
oscuridad, comenzaban a pintarse las paredes con las tenues luces de
velas y lámparas, entre tanto extrañas sombras deambulaban por los
corredores, las miradas se volvían misteriosas y distantes.
Un espectáculo se ofrecía en el lado sur de la ciudad, a medida que se
acercaba la música lo llenaba de alegría, lo rodeaba, lo traspasaba,
estaba embelesado con las danzas y el sonido de los instrumentos, todo
el mundo se veía tan feliz, que aun el mismo lo estaba, el aroma a
comida sazonada de especias inundaba sus sentidos, estaba hambriento.
Mientras comía su mirada se perdía en la oscuridad del desierto. Notó
que algo se aproximaba, acaso ¿sería esto lo que estaba buscando? Muy
decidido se levantó abandonando su alimento y salió a su encuentro.
Ya fuera de la ciudad, caminó hasta que la música no se oía adentrándose
en el silencio más profundo de la noche.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca de aquella figura, notó que era
una mujer de largos cabellos negros como la misma oscuridad que los
rodeaba, de una belleza extraordinaria, ataviada con espléndidos velos
de distintos colores, las gasas ondulaban con suavidad elevados por la
brisa nocturna.
La noche estaba en calma y la luna resplandecía en lo alto del cielo mas
estrellado que jamás se hubiera visto.
Los rayos lunares se depositaban vehementes sobre el rostro de la mujer,
así pudo él ver con claridad sus hermosos ojos, su intensa y apasionada
mirada, sus rojos labios carnosos y conteniendo sus deseos de besarlos
siguió recorriendo con la vista el cuerpo de aquella incomparable
criatura, podía ver la tersura de su piel, la perfección de sus formas y
oler su exótico perfume, notó unas heridas en sus delicados pies pero no
les puso mayor importancia y continuó observándola danzar al son de una
melodía que solo ellos parecían oír.
La mujer hizo un ademán con su mano, indicándole que la siguiera y él
así lo hizo, caminaron adentrándose cada vez más en el desierto y entre
las dunas se perdieron.
A él no parecía importarle haberse alejado tanto de la ciudad, solo
caminaba detrás de ella como hipnotizado por su andar gentil.
Estaba seguro de que había encontrado lo que había estado buscando, su
corazón estaba en calma, se sentía pleno, suspiró agradecido, pero
entonces notó que estaba en medio de la nada, solo montículos de arena y
el enorme cielo, con un gesto de interrogación y un poco de temor
dirigió una mirada a la mujer esperando alguna explicación ¿Por qué lo
había conducido hasta aquel lugar tan apartado? ¿Que esperaba de él?
¿Cómo regresarían? ¿Regresarían?
Un sudor frío recorrió su cuerpo y la lengua se le anudó.
Ella alzó los brazos al cielo desatando furiosos vientos y una terrible
tormenta de arena que lo cubrió todo y no dejó entrar más la luz de la
luna ni la de las estrellas, desapareciendo en la tempestad.
Él lanzó un grito enfurecido ¡Para esto me has traído!
Su corazón se perturbó profundamente, que clase de criatura lo
arrastraría hasta un sitio como ese solo para acecharlo con una
tormenta, toda una vida para alcanzarla y esto era lo que obtenía.
No podía respirar ¿acaso hizo todo eso solo para matarlo? La que
segundos antes era la dueña de su corazón ahora lo abandonaba a su
suerte. Pero inmediatamente sintió los brazos de la mujer rodeándolo
apasionadamente, sus tibios labios posándose sobre los suyos y respiró
de su aliento, apenas podía divisar su rostro, ella lo cubría, lo
envolvía entre sus velos protegiéndolo del azote de la arena.
Aquella noche en medio de la tempestad su corazón alcanzó la paz, se
amaron eternamente con intensidad y ya nadie volvió a saber de él. |